Extrañas simpatías

29 Septiembre 2008 · Dejar un comentario

por Alberto Espinosa López

Cuando dos equipos se enfrentan bajo el manido término de derby regional, aquellos que airean sus pasiones bajo banderas de otros colores solemos posicionarnos hacia aquel que nos cae simpático por alguna extraña razón. ¿Qué me da a mí, si a mi equipo no le afecta, que se enfrenten Athletic de Bilbao y Real Sociedad? ¿O Deportivo de la Coruña y Celta? ¿O Sevilla y Betis? En teoría nada. No debería importarme. Por extraños que sean sus motivos, la simpatía que genera un club al seguidor medio de otro equipo es un fenómeno estudiable.

Cuando yo empecé a ver fútbol, desde bien pequeño, Real Oviedo y Sporting de Gijón protagonizaban enfervorizados derbys a orillas del Cantábrico. El Carlos Tartiere y El Molinón se engalanaban una vez por año para recibir a su máximo rival en el día en el que su afición se multiplicaba por tres. Media España con los rojiblancos, media España con los azulones. Yo era de estos últimos.

No sé muy bien el porqué, pero siempre me cayó mejor el Oviedo. Quizá fuera por Jankovic, Onopko, Berto, Esteban o Andrés y por sus cromos, que aún guardo no sé muy bien donde. Quizá porque el azul de la camiseta hacía un efecto bonito con el verde del césped. O quizá por la tragedia de Petr Dubovsky, pero si tenía que ir con alguien en uno de esos derbys, el Oviedo era mi equipo.

Este año cambio de chaqueta. Este año me voy con el Sporting. Bien es cierto que no compiten directamente ambos clubes, pero de no importarme nada, los resultados del equipo rojiblanco pasan a ser de obligada revisión semanal. Y la culpa de ello la tiene un señor de pelo cano ensortijado y profundo bigote al que respeto y admiro a partes iguales. Se trata, para los que no lo sepan, de Manolo Preciado, entrenador del Sporting de Gijón y ex del Real Murcia.

Su paso por La Condomina fue más bien desastroso en lo deportivo. Y también en lo personal. Mientras entrenaba al Murcia, su hijo adolescente fallecía en accidente de tráfico. No muchos meses antes se había quedado viudo prematuramente. A pesar de estos reveses del destino, Preciado pareció saber torear lo suficientemente bien como para seguir centrado en su misión de entrenar al Murcia.

Había llegado en junio de 2004 después de ascender a un potente Levante a Primera División. Le gustó este proyecto y quiso ayudarnos en la tarea de volver al fútbol de elite. Pero el fútbol y la vida a veces guardan un parecido demasiado cruel, y el Murcia no supo cómo ganar un partido en ocho jornadas, consiguiendo tan sólo un punto. Le sustituyó Husillos. A él, Casuco.

Y se fue como vino, sin hacer ruido, sin una mala palabra para nadie, con la humildad y la honestidad por bandera. No sé si Manolo tuvo más o menos culpa de aquel estrepitoso fracaso en 2004, pero esa plantilla que manejaba la confeccionó un señor llamado Mario Husillos. Nada más que añadir al respecto.

Pero Preciado es buen entrenador. Lo ha vuelto a demostrar ascendiendo a un Sporting de Gijón en cuyos planes no entraba el ascenso y que ahora espera consolidarse, como antaño, en Primera División. Así que, desde Murcia, por Preciado, aupa Sporting.

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